
8M: LA EDUCACIÓN EN CASA COMO PILAR PARA LA IGUALDAD.

No hace tanto tiempo, el éxito profesional de una mujer en España dependía de una firma que no era la suya: la de su marido o su padre.
A más de una persona, incluso nacidos a finales del siglo XX, le sorprenderá saber que, hasta 1975, la libertad laboral en España era un privilegio masculino mientras las mujeres necesitaban permisos de su marido o su padre para trabajar. Hoy, aunque ocupamos despachos y lideramos consejos de administración, el eco de aquellas barreras aún permanece.
El Día Internacional de la Mujer Trabajadora suele llenarse de debates sobre el lenguaje inclusivo, gestos simbólicos o la brecha salarial que, en muchos casos y puestos, sigue existiendo y que, evidentemente en este último punto, hay que seguir abordando para perseguir y corregir inequidades económicas que no obedezcan a ningún tipo de justificación.
Pero yo quiero hablar de la visión que he tenido siempre de la igualdad laboral y el feminismo desde mi propia experiencia.
Crecí en un entorno más bien conservador, en un ambiente donde tradicionalmente se esperan roles definidos. Sin embargo, mi padre me regaló la herramienta más potente que una mujer puede tener: la convicción de que el éxito no depende de una cuota, sino del poder de libre decisión.
Me enseñó que la independencia económica es la base de la libertad personal. Para mis padres, no se trataba de romper el sistema, sino de asegurar que yo tuviera la autonomía para elegir mi camino sin pedir permiso. Esa visión me permitió entender que el éxito laboral es, ante todo, independencia. En un entorno conservador, ellos comprendieron una verdad universal y es que la mujer que no es dueña de su economía, no es dueña de su destino. Este aprendizaje ha sido y sigue siendo un mantra a lo largo de mi vida profesional y personal.
La libre decisión no es sólo elegir una carrera; es tener la solvencia para decir «no» a un entorno laboral tóxico, para emprender un proyecto propio o para negociar un ascenso desde una posición de fuerza. Esa independencia es el corazón del éxito laboral. No se trata de parecerse a los hombres en el trabajo, sino de no tener que depender de nadie para validar nuestras ambiciones.
En mi opinión, si queremos que el futuro laboral sea distinto, la transformación no debe venir dada sólo por una ley de igualdad, sino más aún y, principalmente, de la mesa del comedor de nuestras casas. El feminismo que yo defiendo es aquel que fomenta la responsabilidad, enseñando a nuestros hijos que el mundo no les debe nada por su género y que el puesto de trabajo se gana, se mantiene y se defiende con formación y actitud. Pero también aquel que normaliza la ambición de las mujeres, aquel que celebra que mi hija muera por sus hijos, pero también por su trabajo y por su deseo de crecimiento profesional hasta donde ella decida que quiere llegar, sin ser criticada por ello.
Considero que hacer del lenguaje inclusivo la bandera de la igualdad y del feminismo puede cambiar la forma en que escribimos un correo electrónico, pero la educación en la meritocracia es lo que cambia quién se sienta en los consejos de administración. Lo más revolucionario que podemos hacer hoy es criar hijos que no vean géneros en un organigrama, sino profesionales capaces, y que entiendan que su única brújula debe ser su propio esfuerzo.
En definitiva, el 8 de marzo no debería ser una jornada para debatir sobre terminologías gramaticales que sólo son el maquillaje de lo que verdaderamente es importante. Si queremos honrar el papel de la mujer trabajadora, debemos volver a lo fundamental: la libertad de ser dueñas de nuestra trayectoria.
El feminismo que hoy reivindico no busca privilegios ni concesiones por el hecho de ser mujer; busca un escenario donde el talento y la meritocracia sean los únicos jueces. No necesitamos que se nos suavice el camino, sino que se nos respete el derecho a ganárnoslo por nosotras mismas.
Mis padres, desde su visión conservadora pero pragmática, me enseñaron la lección más progresista de todas: que la verdadera emancipación nace de la autonomía económica y la independencia mental. Por eso, el mayor legado que podemos dejar a las siguientes generaciones no es un lenguaje nuevo, sino una convicción antigua: la de que no hay techo de cristal que resista ante una mujer formada, independiente y que sabe que su valor no reside en una cuota, sino en su capacidad innegociable de decidir su propio destino.
Eduquemos a nuestros hijos para que, cuando miren a su alrededor en el mercado laboral del futuro, no vean hombres o mujeres ocupando sillas, sino profesionales excelentes que están allí por una sola razón: porque se lo han ganado.
Rita Fernández-Fígares
Socia Everfive Abogados
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