

Mi hija, con 22 años, siendo ya una de las más decanas de una asociación juvenil, asumió la difícil papeleta de organizar y gestionar un campamento de verano con unos 200 chavales de entre 7 y 16 años, siendo la máxima responsable del grupo y apoyándose en unos pocos monitores más o menos de su edad. Y lo hizo contra viento y marea durante julio de 2020, es decir, en plena pandemia.
Uno de los requisitos ineludibles que exigían las autoridades sanitarias de Castilla-León, bajo apercibimiento de graves multas y con la responsabilidad de fuertes sanciones por incumplimiento de normativa fito-sanitaria, era que durante toda la estancia los chicos y chicas deberían permanecer en pleno campo con las mascarillas puestas, inclusive durante la sesión de juegos y competiciones, daba lo mismo el frio, calor o lluvia, y también deberían tenerlas puestas en las tiendas de campaña. El campamento estaba en plena serranía de Burgos, aislados y a bastantes kilómetros del pueblo más cercano, y aunque se sabía que la Inspección podría aparecer, normalmente avisarían y, en cualquier caso, las visitas de la autoridad parecían remotas.
Su admirado padre, que soy yo, levantaba las cejas cuando todo eso me contaba, consciente de que inmediatamente y al poco de bajarse del autobús, uno por uno, los 200 chicos y chicas mandarían las mascarillas al carajo a las primeras de cambio.
Sólo a la vuelta del campamento le vine a preguntar:
Nótese que en mi pregunta subyacía realmente mi curiosidad por saber cómo habían conseguido campear y esquivar la norma, mi absoluto recelo sobre la obligación de mantener a inquietos chavales durante día y noche con la mascarilla puesta en pleno campo. Lo que de verdad le estaba pidiendo es que me contara cómo diantres habían “vestido la mona” durante tantas horas y tantos días ante la amenaza de una visita intempestiva de la autoridad. ¿Habrían puestos vigías en lo alto de un árbol para ver desde la lontananza si un coche de Seprona se acercaba por el páramo? ¿habrían ensayado una señal acústica en caso de inspección, programada para que todo el mundo inmediatamente lo dejara todo y corriera al a mochila a ponerse la mascarilla, minimizando al menos riesgos?. Yo, el padre abogado, simplemente no creí en la posibilidad de gestionar esa obligación.
Mi hija me miró muy seria y me vino a decir:
… y cuando esperaba a que me contara la trampa me dijo:
Y todos, absolutamente todos, los grandes y los peques, estuvieron durante un mes con la mascarilla puesta, de día y de noche, y consiguieron realizar un campamento en la pandemia de 2020, (de cientos en Castilla Leon sólo lo lograron 5). Seprona llegó y les felicitó, obtuvieron la tranquilidad del deber bien hecho y no hubo ni un solo positivo. Y no lo hicieron sólo por obligación, lo hicieron por responsabilidad.
El próximo día 8 de marzo celebramos el día de la mujer trabajadora, en un mes de marzo que no pasa desapercibido, en un mundo que cambia y se inventa, y en donde todos tenemos que creer que es posible desterrar las desigualdades absolutamente intolerables con las que hemos convivido durante décadas en los centros de trabajo.
El próximo 8 de marzo no se celebra un día de la mujer trabajadora sin más, con meros discursos bienintencionados o acciones programáticas, sino que se cierran ciclo en la obligatoriedad de que todas las empresas con más de 50 estén dotadas de un plan de igualdad. No es una intención, es una obligación y es nuestra responsabilidad.
También finalizado el mes de marzo entrará en vigor la reforma laboral con cambios jurídicos que van a alterar en muchos casos la filosofía a la hora de ordenar las condiciones laborales, por ejemplo, en el tema de la contratación temporal.
Dos normas complejas, en las que puede existir la tentación de “campearlas”, de asumir el principio del mínimo esfuerzo, o de incluso asumir el riesgo, de pensar que debemos buscar “soluciones” para esquivar sus efectos… cuando posiblemente no las hay ni tampoco debe haberlas.
Es verdad que para una empresa mediana de más de 50 trabajadores puede ser una enorme complejidad elaborar planes de igualdad de manera rigurosa, desplegar de una manera correcta la valoración de puestos o realizar de manera eficaz los registros retributivos para evitar las brechas salariales, implementar los protocolos necesarios en materia de formación, selección y promoción que eviten las desigualdades con las que hemos venido conviviendo como parte de un paisaje que, evidentemente, no era ni natural ni justo.
La semana pasada, en la negociación del Plan, una Directora de relaciones laborales de una gran multinacional informaba a los sindicatos sobre su convencimiento de que toda la complejidad y el esfuerzo que se requería en “hacerlo bien” (con costes ciertos no sólo para los departamentos de RRHH y RRLL sino para las áreas organizativas y también para Sistemas) tenía que tener un fin claro: desterrar de una vez y por siempre cualquier posibilidad de discriminación y borrarla de las prácticas o de las inercias de las empresas.
Pensé, como decía mi hija, que a lo mejor, a la hora de asesorar y convencer a nuestros clientes, es oportuno informarles que, simplemente no hay soluciones sino objetivos y que para alcanzar los mismos no hay más que acudir a la sencillez de “hacerlo”.
Como dice mi compañera Rita Fernández-Fígares, todo tiene un objetivo y creo que ese objetivo es virtuoso: al menos, “competir en igualdad”
Feliz día / semana anticipada de la mujer trabajadora
Las cookies necesarias son absolutamente esenciales para que el sitio web funcione correctamente. Esta categoría solo incluye cookies que garantizan funcionalidades básicas y características de seguridad del sitio web. Estas cookies no almacenan ninguna información personal.
Las cookies que pueden no ser particularmente necesarias para el funcionamiento del sitio web y que se utilizan específicamente para recopilar datos personales del usuario a través de análisis, anuncios y otros contenidos integrados se denominan cookies no necesarias. Es obligatorio obtener el consentimiento del usuario antes de ejecutar estas cookies en su sitio web.